El origen del "tardeo"

Al fin el reloj marca las 4 de la tarde, y los españoles, criaturas agotadas tras un duro día de trabajo y con el estómago lleno, deciden refugiarse de las peores horas de Sol en la seguridad de sus viviendas. Sin embargo, algo extraño ocurre a partir de las 5. Mientras la brisa se templa y la luz va adquiriendo un tono rojizo, estos seres empiezan a llenar las calles y plazas del país, dispuestos a encontrarse en el cobijo de los bares, tapas, cañas a deshora y charlas entre amigos que duran hasta el último rayo de Sol. Así son nuestras tardes, y así es el conocido como “tardeo”, pero ¿cuál es su origen?

Tardeo en las terrazas de la calle Obispo Ciriaco Benavente, Cáceres. Fuente. Fotógrafo: José Pedro Jiménez

Como podemos imaginar, el ocio tras la jornada laboral es tan antiguo como la civilización humana, y en el caso concreto de la palabra “tardeo”, tenemos que acudir a los romanos para desgranar su origen. El adverbio latín tarde, usado para referirse a esas horas en las que el Sol empieza a caer en el horizonte, proviene de la palabra tardus, la cual en su traducción más literal significa lento, pero que también es usada para referirse a lo sosegado, a la calma y, en general, a lo tranquilo. 

En nuestros días, y sobre todo a partir de la estandarización de la división horaria del trabajo (iniciada en la Revolución Industrial, siglo XVIII), la palabra “tarde” ha adquirido tintes peyorativos. Llegar tarde, hacer algo tarde o incluso pensar tarde son expresiones que se utilizan para determinar algo hecho a destiempo, fuera de lo acordado, en el imperio de los relojes sólo puede sobrevivir la puntualidad, y por tanto, la eficiencia.

La lucha sindical por los derechos de los trabajadores (característica de finales del siglo XIX y principios del XX), conquistó una jornada laboral capaz de dar a los ciudadanos un tiempo mínimo de ocio al día, normalmente situado en las horas de la tarde. Es en este punto en el que la tarde se volvió a convertir en un espacio sosegado y tranquilo: las cafeterías, teterías, bares, pubs y clubs de baile se abarrotaban a la vez que las calles de las ciudades se llenaban de gente dispuesta a aprovechar su tiempo de ocio. Esto, acompañado con la electrificación de las ciudades y la consecuente iluminación de la noche, provocó que la vida nocturna se fuera estandarizando en los lugares más cálidos de Europa (y más tarde, del mundo entero).

Si bien el ocio de la tarde ya era una práctica cultural habitual entre los españoles por razones climáticas, la terciarización de la economía nacional y la creciente dependencia del turismo a partir de los años 50 aumentó la presencia de bares y locales de ocio por todo el país, especialmente en las costas mediterráneas y andaluzas. Han pasado más de 70 años desde entonces, y durante este tiempo la cultura de salir a las terrazas a desahogarse del trabajo con amigos y familiares ha calado en lo más profundo de nuestra sociedad, siendo la generación del baby boom la primera en nacer y crecer con este estilo de vida, en cuestionar los valores culturales de anteriores generaciones y en transmitir a la cultura del ocio las generaciones posteriores con frases como “Uy ¿Y eso que este finde no sales?”.

Actualmente el tardeo ya es parte del ADN nacional, y las tasas de turismo parecen indicar que este es un modo de vida envidiable alrededor del mundo. Nadie sabe qué nos deparará el futuro, quizás sea una distopía nuclear o puede que nos espere una utopía espacial, pero me atrevo a atisbar que, pase lo que pase, los españoles lo comentaremos en la terraza de un bar por la tarde.

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